¿Te “cuesta” dormir?

A todos nos ha pasado en algún momento – a unos con más frecuencia que a otros – que por mucho que queramos dormir, acabamos dando vueltas en la cama. Pero lo peor de todo es que nuestra cabeza también nos da vueltas. ¿Por qué no puedo dormir? ¿Cómo voy a poder hacer todo lo que tengo que hacer mañana? ¿Qué hago? ¿Por qué me tiene que pasar esto ahora? ¡Si no hubiera tanto ruido, podría dormir!

El insomnio es un tema serio y Mindfulness no pretende ser una panacea. De hecho, si “hiciéramos Mindfulness” como si fuese una pastilla de dormir, es poco probable que nos ayudara. ¿Qué tiene que ver Mindfulness, entonces, con la dificultad de conciliar el sueño?

El primer obstáculo que solemos encontrar es la alta actividad mental que surge a causa de anticipar todo lo que nos espera el día siguiente o preocuparnos por no poder dormir. Leer un libro o ver la televisión son formas de sustituir unos pensamientos por otros, pero no siempre son efectivas para calmarnos lo suficiente. Si practicamos Mindfulness con regularidad (y no sólo cuando creemos que lo necesitamos), podemos aprender a detectar cuando estamos enredados en una cadena de pensamientos no fructíferos y a soltar todos estos pensamientos, sin analizarlos y sin intentar cambiarlos o censurarlos.

Imagínate que estás en la cama con la mente calmada, pero sigues sin dormir. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Cómo puedes pasar todo el tiempo que queda hasta el amanecer? El estado de inquietud que provoca la incertidumbre de no saber qué hacer tiene un nombre: aburrimiento. Del mismo modo que el miedo nos impulsa a evitar un peligro, el aburrimiento nos impulsa a buscar algo que hacer. Mindfulness nos ayuda a permanecer con emociones difíciles como el miedo y el aburrimiento y a ser menos impulsivos. De hecho, podríamos decir que la práctica de Mindfulness es la de no hacer nada; se trata, simplemente, de tener conciencia de sensaciones, emociones y pensamientos que emergen de un momento a otro. El aburrimiento que pueda aparecer durante la práctica es un objeto de conciencia más.

Supongamos que llevas un rato en la cama tranquilamente, sin hacer nada. Sin embargo, el perro del vecino empieza a ladrar… Descartas la opción de llamar al vecino (o cualquier otra medida más drástica) y haces todo lo que puedes para aislar el ruido. ¿Ahora qué? La práctica de Mindfulness se trata de prestar atención a las cosas cómo son, sin juzgarlas, intentar cambiarlas o bloquearlas. Nos permite distinguir entre la información sensorial (el sonido), nuestra interpretación (el pensamiento “El perro del vecino está ladrando”) y nuestra elaboración de la misma (pensamientos como “Este maldito perro” o “Mañana se va a enterar”). ¿Qué es lo que más nos quita el sueño, el sonido en sí o nuestros pensamientos sobre el mismo? De nuevo, con la práctica de Mindfulness podemos aprender a dejar ir estos pensamientos sin gastar energía en intentar que “se callen”.

Puede que la práctica de Mindfulness no nos ayude a dormir, pero sí nos puede ayudar a gastar menos energía mental en luchas internas inútiles. Incluso si no conseguimos dormir, es posible que no nos sintamos tan cansados como tememos al día siguiente.

Si no puedes dormir, siempre puedes hacer un escáner corporal, una práctica que consiste en dirigir la atención a las sensaciones corporales, zona por zona. Normalmente cuando lo practicamos, tenemos la intención de mantenernos despiertos, pero si te quedas dormido/a, ¿mejor, no?

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